Enfrentar a Nacional siempre será un deleite para el hincha escarlata. Desde esos inolvidables duelos entre el Pipa y René Higuita, hasta la chilena de Michael Rangel que nos puso a soñar con la catorce, los partidos contra el verde siempre serán un verdadero clásico. Esta vez no podía ser diferente.

Hicimos un muy buen partido los primeros OCHENTA minutos, con gran intensidad, presionando arriba para recuperar balones y, a pesar de que nos estaba faltando claridad al momento de rematar, dominábamos el partido con relativa facilidad. La presión que se estaba haciendo nos hizo jugar con la cancha a nuestro favor.

A veces nos veíamos enredados, prácticamente con tres delanteros que se copaban espacios, como en aquel remate de Duván frente a Quintana iniciando el partido, pero no dejábamos jugar a Nacional, que se veía incómodo por la forma como los apretábamos desde su propia área.

Hasta que llegaría ese cachetazo de Duván, ese zapatazo fenomenal que mandó el mensaje de que este es el campeón de Colombia, y que, después de nueve años sin marcar en el Atanasio frente a Nacional, la historia volvería a equilibrarse: Golazo, mecha, golazo. Golazo del jugador polifuncional, el del sacrificio, el diferente. Gol de quien se vio todo el partido taponando a Vladimir, arrancando las jugadas desde nuestra área y hasta realizando los saques de banda. Este jugador integral que merece un llamado de Queiroz a la Selección Colombia porque, de lejos, es el mejor jugador del torneo nacional en este momento.

El segundo tiempo, sin tener la misma entrega, siguió siendo un partido dominado por el rojo: Cerrando bien los espacios, evitando que Nacional llegara con peligro a nuestro arco y subiendo con cierta regularidad al arco contrario. Hasta que llegaría, gracias a la viveza de John Arias, el segundo gol del partido. Presión arriba forzando el error del rival, anticipo para ganar el balón y hacer un pase exquisito para que, el recién ingresado Sierra, definiera abajo para darnos la tranquilidad. Gol, hijueputa; vamos, que lo ganamos, mechita.

Todo servido para llevarnos los tres puntos del Atanasio después de once años. Pero, señor Cruz, jugadores, los partidos duran noventa minutos más la adición. Insólito final, pero, eso sí, digno de un clásico. Lo que hicimos bien en los primeros ochenta minutos, dejamos de hacerlo los últimos minutos, como si el segundo gol hubiera sentenciado un partido frente a un rival como Nacional al que nunca se le puede dar espacios para jugar.

Descuento de Andrade y comenzamos a sufrir. Y acá se presenta el principal problema de América en este partido. No hubo un jugador que bajara la intensidad al partido, que manejara los tiempos y que supiera cerrar los partidos. De hecho, seguimos jugando con las mismas revoluciones, como en aquel remate por derecha de Pérez, cuando el partido requería otra cosa, como, por ejemplo, llevarla al corner, hacer caer al rival en el desespero y jugar con el reloj. En últimas, no dejarle el balón al local. Y justamente eso fue lo que hicimos, darle la pelota a Nacional. Todo mal.

Minuto 94, última jugada del encuentro, y las desatenciones en nuestra zaga, algo que hemos venido padeciendo todo el año, permiten que Rovira cruce un balón al que Graterol, de gran partido, no llega. Sin palabras. No podemos perder un partido así, increíble. De no creer. Que impotencia.

Nos llevamos un punto que vale mucho, claro, pero como se dio el partido, resultamos dejando escapar dos y, más que eso, la satisfacción de ganarle el verdadero clásico del país a Nacional en su estadio, pues hace mucho no se veía un partido tan ganable en el Atanasio, pero bueno, a levantar cabeza y a deja la vida ante Gremio y arañar, por lo menos, la clasificación a Copa Sudamericana.

ENTRE LA TRINCHERA: Primer partido de las diablas quienes estrenaron el título ganando de visita, justamente con un gol en el minuto 94. Vamos, chicas, desde estas líneas siempre alentándolas.