“Cuando alcancé la sabiduría, ella me miró y dijo: “Ya me alcanza cualquiera”.” – Roberto Fontanarrosa – Escritor argentino.

El ambiente de los Clásicos, lo hace la gente, eso es indudable; la cargada en las redes sociales, las canciones que evocan tragedias y decepciones de uno y otro, los cruces con amigos y conocidos, los estados en WhatsApp, los tuits, en fin, todos los elementos habidos y por haber para demostrar que el partido en cuestión no es uno más, sino que muy por el contrario, se juega el honor, el orgullo del escudo y los colores que cada uno defiende.

Pero cuando el aficionado se estrella con partidos de tan poca lucidez como el que se “jugó” –sí, entre comillas- en la cancha del Pascual Guerrero entre América y Deportivo Cali, difícilmente quedará en la retina, y se hará el esfuerzo de olvidarlo lo más rápido posible, en el afán de querer desprender de la retina la lánguida imagen ofrecida por los 22 protagonistas en el terreno de juego.

Sí, hubo demasiada tibieza en la edición 294 del Clásico del Valle del Cauca, y no solo por las pocas ocasiones de Gol, o porque se está hablando más del desempeño –pobre por demás- en el arbitraje a la cabeza de Carlos Betancur, sino porque se notaba  a leguas el temor a perder entre ambos; era más que evidente que, cualquiera que hubiese caído derrotado, entraba en una debacle anímica, deportiva, y hasta en la tabla de posiciones, que lo dejaba muy mal parado de cara a seguir en la pelea por meterse al grupo de los ocho, y que le ponía una carga muy pesada a los compromisos que ambos sostendrán, por distintos frentes, a mitad de semana, y por ende, regidos por un temor que poco se hizo por disimularlo, ninguno de los dos quiso arriesgar.

Del lado Americano, ese temor anteriormente mencionado se manifestó, por enésima vez, en los cambios realizados por Juan Carlos Osorio; El “Míster” le volvió a “meter mano” al equipo, cuando su funcionamiento era más que óptimo, sobre todo en la mitad de la cancha, cuando el adversario había perdido la posesión del balón y no encontraba los caminos para generar peligro al marco defendido por Diego Novoa, y, azuzado por una tarjeta amarilla, decidió dejar por fuera en la segunda mitad al hombre que no solo había marcado la anotación, sino que también, le marcaba el equilibrio en las líneas para desdibujar al rival.

Así, Larry Angulo abandonó el campo, y América se desdibujó, como suele suceder cuando el adiestrador risaraldense mueve sus elementos; los espacios aparecieron, y el Cali se tomó confianza, encontrando un Gol, invalidado por el VAR, y un penal que bien pudo haber sido marcado como compensación a la extrema severidad de la determinación en la primera acción, y que le permite a los dirigidos por Rafael Dudamel, llevarse un punto que resulta hasta justo, por las limitaciones futbolísticas vistas a flor de piel en los contendientes.

Se va entonces otro partido en el que América pierde puntos de forma ingenua, otro más en donde Osorio no encuentra la ruta para sacar un resultado, y sus variantes parecen desmoronar todo lo que él mismo arma en el planteamiento, y lo peor, poco tiempo para reaccionar, porque las fechas se agotan, los puntos en disputa se reducen, y el trancón en la mitad de  la tabla se puede ir destapando si los que vienen a tras aprovechan este tipo de “papayazos”.

Quiero pensar que vendrá un golpe de timón, algo que encienda de nuevo la hoguera de la ilusión, y despeje las ideas, pero es que entre tantas tibiezas, entre tanta planicie, y entre tanto desencanto, el tiempo se convierte en el enemigo silencioso de este equipo, y de verdad, ruego e imploro que, cuando nos demos cuenta, y queramos despertar del letargo al que se nos está sometiendo, no sea demasiado tarde.

Cualquier sugerencia, queja, o lo que quieran manifestarme, pueden hacerla a través de mi nueva cuenta de Twitter @UnMequetrefeMas; nos leemos en una próxima oportunidad en este “Rincón del Turco”. Un abrazo para todos.