“Si hablas de experimentos fallidos, puedes ponerlos en tu currículum vitae y reclamarlos como logros”. Mason Cooley – Profesor y escritor estadounidense

Tres victorias al hilo, primera en los cuadrangulares, contra un rival que venía como amplio favorito, ilusión en la gente, demanda de abonos a destajo, cábalas a pleno, viento en la camiseta, y un once titular que, cuando menos, tenía 7 u 8 nombres medianamente afincados, y que estaban dándole respiro a las críticas que se habían sostenido durante todo el campeonato; con todo ello, ¿Qué podría salir mal?

Pero se nos olvidaba que dirige el Míster, y que su modelo de rotaciones sigue tan vigente como en sus épocas más fulgurantes, aunque por estos días no parezcan tan funcionales. Siete modificaciones con respecto al equipo que se alzó con el resultado en Barranquilla, y una estructura táctica que, aunque se veía hasta interesante en los papeles, nos obligaba a preguntarnos si los intérpretes para la misma eran los indicados.

Y obviábamos, al parecer, que el fútbol también es un deporte que se transforma de acuerdo a las circunstancias que el mismo juego ofrece. Al primer minuto de juego le estalló el laboratorio en la cara al América; la expulsión de Malagón, irresponsable por la patada que metió, y justa por la decisión arbitral de Andrés Rojas, alteró completamente los planes de un partido que estaba planteado para manejarlo, para darle dinámica al medio campo, pero que, con un hombre menos, terminó convirtiéndose en un duelo físico, en el que el Tolima es uno de sus exponentes más asiduos en el campeonato.

Era cuestión de tiempo para que el cuadro tolimense encontrara la ventaja, aprovechando la superioridad numérica, e impulsada también por los errores que se desnudaron en la línea defensiva Americana. Con el 1 a 0, el “Pijao” se veía más que cómodo con el resultado, y el “Escarlata” no encontraba la fórmula para ocasionar algún daño al arco defendido por Cuesta, salvo un par de escuetos remates de media distancia.

Pero si el laboratorio había estallado con esa cartulina roja, hasta los escombros se quemaron en la jugada del Penal –bien sancionado también- que, producto de una acción fortuita, pero al final sancionable, derivó el 2 a 0 para los locales, por lo que cuesta de por sí remontar una diferencia de 2 goles, y porque el Gol vino en el momento donde habían ingresado los “estelares” del equipo, y que imprimían una dinámica un poco más ofensiva y ambiciosa, en procura del empate. Así se fue un partido que se iba perdiendo casi que desde la primera pelota que se disputó, que se fue al Carajo cuando cayó el primero del “Vinotinto y oro”, y que se terminó de pudrir cuando Mosquera le rompió el arco a Graterol.

Cuando los materiales no son adecuados, es difícil que los experimentos funcionen, y cuando alguno genera una reacción que altera todo el funcionamiento, es muy probable que se termine desbaratando, y muy difícilmente se pueda recuperar algo de  lo que inicialmente se había presupuestado. Quedan, eso sí, las lecciones, que aunque duelan, y más en esta instancia, dónde cualquier punto perdido puede significar el ver una final por televisión, tendrán que asimilarse rápido.

Hay que volver a lo que nos devolvió el aire a la casaca, reconocer que las rotaciones, en este momento, son un tiro en el pie, dejarle el discurso del lloriqueo por las decisiones arbitrales a los que cada semana buscan un árbitro diferente para vetar a través de comunicados, y darle ese pequeño halo de solidez a lo que estaba marchando bien. Ni éramos finalistas tras el triunfo ante Millonarios, ni estamos afuera de todo después de esta noche, pero la sensatez y la prolijidad que se demostraron en los últimos encuentros, no se puede tirar por la borda por “experimentar” de nueva cuenta.

¡Vamos, América, que aún estamos vivos!

Cualquier sugerencia, queja, o lo que quieran manifestarme, pueden hacerla a través de mi nueva cuenta de Twitter @UnMequetrefeMas; nos leemos en una próxima oportunidad en este “Rincón del Turco”. Un abrazo para todos.