“Logramos tres puntos más, pero no hay que agrandarse mucho porque le ganamo’ al último” La frase la dijo Cralos Ischia, ex jugador de América, después de ganarle un Clásico a River en su etapa como DT de Boca.

No nos llamemos a engaños, y mucho menos a bienpensantismos; cuando alguien que no es de nuestro agrado, que nos resulta incómodo, y que nos ha fastidiado por mucho tiempo, vanagloriándose con su opulencia y ufanándose de ella cada vez que puede, trastabilla en su andar, alguito de morbo nos da; sí, alegría no es, porque nunca está bueno que a las personas o instituciones les vaya mal, pero ese sentimiento sátiro se despierta, en mayor o menor medida.

Y sí, así resultó el clásico 297 del Valle del Cauca, porque no era un partido más, no era el trámite conocido el que nos esperada. Era la oportunidad para el hincha del América de desquitar muchas de las palabras que ha recibido por parte de la afición del rival de patio, sobre todo en los últimos 15 o 20 años, era el “patazo” para hundir un poco más a este Deportivo Cali que hoy vive horas muy bajas, con desastres administrativos, cuentas por pagar, embargos, hipotecas, y hasta líos en el camerino.

Y más aún, cuando desde la “nueva administración” se vocifera a grito herido en “su” sede, que los Americanos estábamos destinados a “llorar lágrimas de sangre” el domingo después de las 10 de la noche. Sí, hubo sangre en los ojos, pero no por llanto, sino de rabia, de furia, y del deseo más fervoroso de querer meter el dedo en la llaga entre las heridas de un moribundo cuadro azucarero.

Así lo entendieron los jugadores, así lo entendió Guimarães, así lo sintieron cada una de las 35000 personas que atiborraron las tribunas del Olímpico Pascual Guerrero.. En las graderías, todo el mundo metido, alentando, gritando, presionando, haciendo valer la localía en nuestra casa, en el templo del fútbol vallecaucano; en la cancha, un equipo que salió a devorarse al rival desde que el árbitro Edilson Ariza hizo sonar el pífano, sometiéndolo a la presión alta, llevándolo a cometer errores, y haciendo que esa camiseta verde se viera maniatada por todas las vías ante la furia incontenible de los vestidos de rojo.

Aún cuando el partido cambia por la expulsión de Salazar, y el Cali decide abroquelarse y juntar líneas, América no se desesperó; Más allá de mandar centros infructuosos al área, se vio al intención de mover la defensa adversaria, de elaborar juego, de buscar algún resquicio por donde la pelota pasara para desestabilizar a Mera y a Burdisso, que hasta ese momento sacaban toda pelota que asomara por el área de Acevedo.

Así llegó el gol, una pelota que Juan David Pérez, en vez de mandar de un bochazo al área, decide tirar un enganche, desacomodar a la saga contraria, y poner la pelota en la cabeza del siempre discutido pero hoy ponderado Alejandro Quintana. Júbilo rojo en las gradas, celebración en el gramado y en el banquillo, desahogo para el “Barbas” por romper por fin la sequía , y caras largas, desencajadas, de aquellos que alguna vez nos miraron con desdén (AKA Portela, o Mera), y hoy están sumidos en un llanto interminable.

Sí, metimos el dedo en la llaga, escarbamos hasta lo más profundo de ella. Hoy Twitter es una fiesta roja, y un cementerio verde; las cuentas de los fantasmas están silenciadas, no musitan trino alguno, las calles reflejan la alegría Americana, y el murmullo de sollozos merodeando la Vásquez Cobo, pero como bien lo dijo Ischia, a mantener los pies en la tierra, porque este camino es largo, y sobre todo, por muy Clásico que haya sido, y por mucho gozo que represente vencer al rival incómodo de patio, le ganamos un partido más al colero del campeonato.

Cualquier sugerencia, queja, o lo que quieran manifestarme, pueden hacerla a través de mi nueva cuenta de Twitter @UnMequetrefeMas; nos leemos en una próxima oportunidad en este “Rincón del Turco”.

Un abrazo para todos.